Entrevista a María Ibete (colectividad Brasileña)

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Secretaría de Extensión-: Ibete, ¿qué te define como brasilera?

“Yo soy brasilera, de la ciudad de Sao Paulo, aunque yo no parezca brasilera. Generalmente la gente de Argentina cree que las personas brasileras son morochonas, o negras. Y realmente no es así, porque la población en gran mayoría de los brasileros somos descendientes de los inmigrantes europeos, portugueses en gran mayoría, una cantidad de españoles, como en Argentina. Y por la esclavitud, porque nosotros tuvimos muchos esclavos, cosa que acá en Argentina no se dio porque los africanos no se adaptaban al clima de acá. Allá, en Brasil que es más parecido, el africano fue sacrificado y usado como esclavo. Es una pequeña minoría de negros que mezclados con blancos se formó el mulato. Al mulato acá en Argentina se le dice negro, pero no es, es mulato, el negro ya casi se va viendo poco, también en Brasil. La mayor parte de los brasileros ahora son los mulatos”.

SE -: ¿Por qué la gente pensaba que usted no era de Brasil?

“Porque yo soy parecida a mi papá que era polaco, había venido de inmigrantes después de la guerra a Sao Paulo. Allí conoció a mi mamá que era hija de portugueses. Y bueno, de ese matrimonio nací yo, que no parezco brasilera, porque la mayor parte de las chicas que comparten nacionalidad conmigo acá en Tandil son morochas, morenas. Y yo estoy re contra colorada, lo heredé de mi familia. Además me confunden con alemana porque yo tengo hasta la tonada de mi papá, él me enseñó a hablar el portugués con su tonada de polaco.

Entonces, ¿por qué mi venida a la Argentina? Bien, yo era una chica joven, estudiante, me había recibido de profesora de grado, trabajaba como maestra de grado, estudiaba educación física, tenía clases en la escuela secundaria de educación física, y un lindo día conozco un turista argentino. Mi marido fue un hombre muy futbolero, a él le gustaba el fútbol, lo disfrutaba mucho, inclusive seguía a la selección. En el año 66 estuvo en el mundial de Inglaterra viendo cómo Rattin pisaba la alfombra roja a la reina de Inglaterra. En el 72, que fue el año en que lo conocí, hace ahora cuarenta años, él estaba participando con la selección argentina de los juegos de la mini copa, que se daban en varias ciudades de Brasil. Cuando él llega a Sao Paulo siguiendo a la selección argentina, le va a mandar una carta a su mamá diciendo que estaba todo bien, y yo mandaba una carta a mis amigos de Buenos Aires. Ahí, en el kiosco en la puerta del correo él quería comprar una guía de Sao Paulo, pero el kiosquero no le entendía. Porque una guía es una persona que guía a la otra, o un guía espiritual. Entonces yo, como estudiaba en la universidad y leía muchas apostillas en castellano, me entrometí en esa conversación y le dije que lo que él quería era un mapa. Y él, argentino, muy soberbio, me dice: “¡NO, no! ¡Eso no es lo que yo quiero! ¡Quiero las calles, las avenidas!” Y yo haciendo la traducción. De ahí terminó no comprando nada, y terminamos yendo a despachar nuestras cartas juntos. Él ya se ofreció como para acompañarme hasta mi barrio. Yo le decía: “Es una ciudad muy grande, hasta mi barrio va a tener como una hora en colectivo…” . Y él respondía: “No, no importa, si ando turisteando, todo bien.” Ahí ya empezamos a hablar, ya empezó como un noviazgo. Esa misma semana él partió para el nordeste y yo me quedé con la promesa de que me mandaba postales. De cada ciudad que tocaba, me iba a mandar una postal, cosa que no ocurrió. Pienso que también el correo brasilero promovió mi matrimonio porque yo en ese mes esperando una postal pensaba: ¡este argentino me tomó el pelo! ¿Cómo no me manda nada? Debe andar por Salvador, por Recife, ya debe estar por Natal que era el punto último -cuando Brasil pega la vuelta- y no me llega ninguna postal!”, pensaba. Entonces, curiosa, como toda mujer y pensativa como toda mujer, creo que yo ya me había enamorado. En el día que teníamos la cita, que era justo al mes de habernos conocido. Nosotros nos conocimos el día de los enamorados en Brasil, el 12 de junio, por ser la víspera de San Antonio que es el santo casamentero, el día anterior es el día del enamorado. Al mes yo estaba a la hora exacta en el lugar de la cita y ahí estaba él, en Sao Paulo. En esa misma semana que nos volvimos a encontrar, se presentó en mi casa, ya pidió mi mano en casamiento, ya acomodó todo como  sobre cómo hacer con los documentos. Quedó todo organizado y en ese mismo fin de semana él voló para Buenos Aires para volver a trabajar en el Banco Provincia, porque era bancario del Banco Provincia de Tandil. Bueno, así seguimos un noviazgo por carta, y por telefonema. Muchísimo más difícil que ahora porque no había internet…”

SE-: ¿Y llegaban las cartas en ese momento?

“Yo tengo las cartas en una valija grande. Hubo días que yo escribí tres cartas en el mismo día… Pero tampoco él quedaba atrás. Él era más valiente, o más experto… Escribía cartas y enviaba todo en un mismo sobre. Un noviazgo bastante rápido, porque nosotros pensábamos casarnos a fin de año y bueno, la distancia era triste, y quizás yo estaba muy enamorada, y quizás porque yo era muy joven  y porque es una manera de ser de las brasileras. Las brasileras son querendonas, y cuando se enamoran, se enamoran de verdad, sin pensar en nada, si vos vas a estar bien, estar ubicada, verás, que yo me casé con él sin haber conocido Tandil. Y así como Tandil es pequeña, podría haber sido De la Canal, podría haber sido en medio del campo. Siempre pensé que yo vine de una megalópolis a una ciudad muy chica, que era una ciudad de 70 mil habitantes cuando yo vine hace cuarenta años”.

SE-: ¿Extrañó cuando vino?

“Completamente. Además la idiosincrasia es otra cosa, completamente diferente, nosotros somos alegres, nosotros somos divertidos. Él siempre decía que nosotros éramos irresponsables y yo nunca me consideré irresponsable. Pero tenemos una idiosincrasia diferente. Dicen que es por el clima. El clima de Tandil te lleva a estar triste. Es mentira, porque yo llevo cuarenta años acá y soy una persona de carácter pero sigo siendo completamente optimista. A pesar de los cuarenta años en Tandil. Entonces no es el clima, es una manera de ser. La gente se acostumbró a ser desconfiada, qué sé yo. Allá el brasilero con tener una hawaiana, una bermuda y una camiseta y la vida, es feliz. Y acá las personas tenemos, tenemos y tenemos y estamos descontentos”.

brasil01SE-: Entonces, se casaron en Sao Paulo…

“Nos casamos en Sao Paulo, nos fuimos de luna de miel a Río de Janeiro, de Río de Janeiro volvimos a Sao Paulo, agarramos los equipajes y nos tomamos el avión a Ezeiza. Cuando yo me bajé en Ezeiza, el 30 de septiembre del 72, yo siempre que veía al papa Juan Pablo II besando la tierra de los países a los que llegaba, yo pensaba que tendría que haber besado la tierra. Era mi nueva patria. Buenos Aires era deslumbrante.  Yo con mis 21 años me admiraba de todo. Jamás me voy a olvidar, en calle Lavalle toda la gente adentro de los restaurantes comiendo, bien vestidos, educados, finísimos, era una ciudad europea. Una pareja que venía por calle Lavalle traía ella, un tapado de zorro negro, con un peinado rubio hermoso. Pero el hombre tenía un traje y tenía unos zapatos de charol que brillaban a la distancia. Quedó grabado en mi memoria para siempre. La elegancia, la fineza, la educación, los modales de la gente argentina, era como haber ido a vivir a Europa, a París, a Austria, por lo que uno veía en fotos, en películas. Realmente lo que se decía del pasado argentino, un país europeo. Y ahora con todo el pasar de los años mucho de eso se perdió. Me acuerdo, en cuanto a la educación, que cuando yo tenía siete u ocho años, en mi escuela las maestras de grado hablaban del desarrollo de la educación argentina, lo tomaban como un modelo a seguir, y eso todo quedó en el olvido, como si estuviera estancada. Allá en Sao Paulo por ejemplo, hay cualquier cantidad de escuelas privadas pero que vos podés afrontar. Acá por ejemplo hay dos chicas de la colectividad que estudian para chef, y es muy caro estudiar en Argentina, o por lo menos acá en Tandil.

Entonces, como te decía, yo llegué a Buenos Aires y era todo muy maravilloso. Tomamos el bus a Tandil y lo que yo me acuerdo es que él decía: ¡acá está Tandil!¡ Llegamos a Tandil! Y yo me impresionaba de lo chica que era. Y cuando llegamos a la terminal estaba la familia de él esperando, mi cuñada, mi cuñado, y el hermano de él en seguida nos llevó al mirador. Y yo le pregunté: ‘Y allá donde se ve que terminan las luces, ¿es porque hay un desnivel en el terreno?’. “No, allá termina la ciudad”. Entonces me coloqué la mano en el rostro y pensé: “Ay, qué chiquito que es esto! En ese momento, mi barrio y su zonita de influencia tenía 200 mil habitantes. Y Tandil tenía 70 mil, es decir que Tandil era menos de la mitad que mi propio barrio. Después otra cosa que se me dificultó, era que yo estaba acostumbrada a una ciudad que evolucionaba industrialmente. Entonces, si vos querías comprar una cinta color lila, la comprabas, acá no había. O por ejemplo, una tijera de hacer picotte, de hacer piquitos, no existía acá. Yo mi tijera de toda la vida la traje de Brasil porque eso no existía acá. Otra cosa, yo me vestía de colores. Y una vez, a los dos meses de estar acá, alguien de un coche me gritó: “Ya pasó el carnaval!”. La gente vestía de tapados negro, marrón, verde oscuro y azul marino, y yo tenía un tapado colorado, verde y negro, a rayas. Otra cosa, yo tenía sandalias en verano con los deditos afuera y pintadas las uñas de rojo, y la gente miraba tus pies, porque las mujeres no mostraban los pies, ni siquiera en verano.

Era bastante difícil adaptarse con la comida. Por ejemplo, los primeros meses, acostumbrada que estaba yo a comer arroz, allá uno come arroz y otras cosas, por ejemplo, arroz feijolado, que es poroto y otras cosas. Por ahí una lechuguita con tomates, un huevito, un bifecito,  pero lo principal es arroz y porotos. Acá yo comía los bifes de chorizo y quedaba con hambre porque me faltaba el arroz. En ese momento, hace cuarenta años, la gente no consumía arroz. Era difícil encontrar para comprar arroz. Después entró en la alimentación de la gente, pero en ese momento, hace cuarenta años era chuletas, con tomate y lechuga, milanesas con papas fritas, era completamente diferente a lo que yo estaba acostumbrada. Entonces la Argentina en un primer momento me hizo pasar hambre. Me acuerdo cuando salimos una vez, fuimos al restaurante del Club Independiente y recuerdo que había una mesa redonda de ejecutivos. En mi memoria quedó grabado, que parecían lobos, porque estaban comiendo esos bifes de chorizo, viste, y quedó en mi idea que eran como lobos con camisa blanca y corbata. Se sufre mucho ser inmigrante. Por ejemplo, es una cosa que siempre le digo a la gente que hay que pensar mucho cuando vos decidís irte a otro lado. Por ahí irse a otro lado para trabajar y ganar dinero y volver a tu tierra, con progreso, es más fácil. Pero irse a otro lado donde después vos no pienses más volver o por cuestiones de amores y no puedas más volver, hay que pensarlo, porque se sufre. Por esto es que nosotros en la provincia de Buenos Aires tenemos esta idiosincrasia, porque somos descendientes (bueno yo digo somos porque yo ya me considero de acá). Tengo que decir, descendientes de inmigrantes que sufrieron mucho, esa es mi teoría. Por ejemplo, yo ya tengo cuarenta años acá, y vos me preguntas el olor a San Pablo y yo lo sé… ¿Sabés qué decía mi marido? ¿Cómo vas a recordar ese olor a petróleo quemado? Porque es olor a petróleo quemado el que tiene San Pablo, es una ciudad industrializada. Pero ese olor es el olor de mi ciudad… “

SE-: ¿Usted volvió después a Brasil?

“Yo en total llevo idas 21 veces a Brasil. He ido mucho y de toda manera, en avión, en colectivo, en coche, de toda manera”.

SE-: ¿Y su familia ha venido para acá?

“A mi familia no le gusta venir acá porque dice que Tandil es el fin del mundo. Ellos dicen que en el avión hasta Buenos Aires bárbaro, después pasar seis horas en el colectivo hasta acá, ninguno quiere aguantar eso. Muchos familiares han venido a Buenos Aires y yo me he encontrado con ellos en Buenos Aires, he paseado con ellos por Buenos Aires, he estado en el hotel con ellos. Pero no les gusta venir acá a Tandil. La distancia de Tandil a San Pablo, mi tierra, es la misma distancia de acá a Ushuaia. Yo lo he hecho en coche manejando. 3550 km., de Tandil a San Pablo, en cinco días. Y bueno, después me casé y me tuve que adaptar. Además vos te casás ya con la idea de hacer una familia. A los seis meses quedé embarazada, al año ya estaba embarazada otra vez. Tuve la primera hija que es Ana, y bueno, ya había que criar a la nena, después al año yo quedé otra vez embarazada de Gregorio, había que criar a Gregorio. Así que bueno, en eso yo llevé mi vida, en tratar de criar a los chiquitos, atenderlos. Bueno, después como todo, la vida te va llevando, yo NO ME ARREPIENTO de haber venido a Tandil. Yo digo así: no me arrepiento de venir a la Argentina. No sé si a Tandil, quizás Tandil… no sé. Argentina… es un país hermosísimo.”

SE-: ¿Su padre era polaco y se fue a Brasil por qué?

“Mi papá era polaco y se fue porque estaba bravo por la guerra, la primera guerra, y él se vino a San Pablo con toda la familia porque Polonia estaba destruida. Ellos eran de las industrias textiles, de una ciudad más o menos a 60 kilómetros de Varsovia, ellos estaban revolucionados. Ya en ese entonces, se decía que en Polonia se venía el comunismo que había entrado en Rusia y ellos no estaban  deseosos de ser mandados por el Estado”.

SE-: ¿Y por qué Brasil?

“Porque empezaba el desarrollo industrial en San Pablo. Con  su conocimiento en lo textil, el panorama era que yéndose a San Pablo iba a tener trabajo y mi papá hizo muy buena vida trabajando en las industrias textiles. Y mi mamá también trabajó con él, aun después de casada. Trabajó en la fábrica textil, como obrero especializado. Y bueno, toda una vida, pero es completamente diferente en San Pablo. Brasil es “para adelante”. Y todo está puesto en el país”.

SE-: ¿Hoy sigue extrañando algunas cosas?

“Extraño. Completamente. Eso no significa que vaya a volver, yo no voy a volver. Tengo dos hijos que ya están casados y tengo seis nietos. Es lo que yo digo, el inmigrante siempre sufre, por mejor que esté. Yo he tenido mejor vida en Tandil de lo que hubiera tenido en San Pablo, pero se extraña, a pesar de que ya mis padres han fallecido. He sido hija única, mis tías también ya no están más. Pero hay una cosa rara: cuando vos te venís de un lugar hay una cosa buena que acontece en tu vida, seguís manteniendo las amistades que tuviste entonces. ¿Por qué? Porque la distancia hace que uno se siga queriendo, todo lo que compartís, compartís en pequeños lapsos, contándose todo desde que te has ido. Todo, pero sin pelearse. Es como tendría que ser un matrimonio (risas), verse una vez por mes dos días, entonces sería formidable, porque no te da tiempo ni de aburrirte ni de pelearte. Con los amigos es así, entonces yo las conservo tal cual, es como que el tiempo no pasó. Por supuesto estamos más viejas, tenemos nietos, la vida ha cambiado. Ahora hace dos años que estoy viuda, que estoy abocada a las colectividades. Lo que soñé cuando tenía 24 o 25 años, que yo desfilaba solita en la avenida España, que desfilábamos con las otras colectividades, yo iba solita con la bandera brasilera. En este momento, que somos 34 brasileros, yo digo, Dios me dio lo que siempre quise, que Brasil estuviera presente en la ciudad de Tandil”.


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